El hábito de «empezar con un fin en mente» se basa en el
principio de que todas las cosas se crean dos veces. Siempre hay primero una
creación mental, y luego una creación física.
Pensemos, por ejemplo, en la construcción de un hogar.
Uno lo «crea» con todos sus detalles incluso antes de clavar el primer clavo.
Trata de tener una imagen clara del tipo de hogar que quiere. Si uno quiere un
hogar centrado en la familia, prevé un lugar adecuado para reuniones familiares.
Piensa en puertas corredizas y en un jardín para que los chicos jueguen al aire
libre. Trabaja con ideas. Se trabaja con la mente hasta llegar a una imagen
clara de lo que uno quiere construir.
Después se traza el plano y se elabora el proyecto de construcción.
Todo esto antes de trabajar sobre el terreno. En caso contrario, ya en la
segunda creación, la creación física, habrá que realizar cambios costosos que
pueden duplicar el presupuesto original.
La regla del carpintero es «medir dos veces antes de
cortar una». Hay que estar seguro de que el plano, la primera creación, sea
realmente lo que uno quiere, que se ha pensado en todo. Después se levanta la
casa con ladrillos y cemento. Cotidianamente uno va a la obra y despliega el
plano para decidir el trabajo del día. Se empieza con un fin en mente.
Consideremos otro ejemplo, el de una empresa. Si queremos
tener éxito, también en este caso corresponde definir con claridad lo que se
está tratando de lograr. Uno piensa cuidadosamente en el producto o servicio
que quiere proveer, fijándose un objetivo en el mercado, y después organiza
todos los elementos (financieros, de investigación y desarrollo, las
operaciones, las transacciones, el personal, los medios físicos, etc.) para dar
en el blanco. El grado con que uno empiece con un fin en mente determina a
menudo si se puede o no crear una empresa de éxito. La mayor parte de los
fracasos empresariales comienzan en la primera creación, con problemas tales
como la subcapitalización, una mala comprensión del mercado o la falta de un
plan.
Lo mismo vale con respecto a la paternidad. Si uno quiere
educar hijos responsables, autodisciplinados, debe tener claramente presente
ese fin cuando interactúa con ellos día tras día. No debe comportarse con los
niños de un modo que pueda minar su autodisciplina o autoestima.
En grados diversos, las personas aplican este principio
en muchas áreas de la vida. Antes de emprender un viaje, fijamos nuestro
destino y planificamos la mejor ruta. Antes de hacer un jardín, lo distribuimos
mentalmente, o tal vez en un papel. Se escriben los discursos antes de
pronunciarlos; se diseña la ropa antes de enhebrar la aguja.
En la medida en que comprendamos el principio de
las dos creaciones y aceptemos la responsabilidad de ambas, actuaremos dentro
de los límites de nuestro círculo de influencia y lo ampliaremos. En la medida
en que no operemos en armonía con este principio y nos hagamos cargo de la
primera creación, reduciremos ese círculo.
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